Cómo contaminan el medio ambiente los fármacos empleados contra el Covid

Cómo contaminan el medio ambiente los fármacos empleados contra el Covid

¿Cuánto contaminan el medio ambiente algunos de los fármacos más empleados contra el virus del SARS-CoV-2? Una tesis de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), Farmacontaminación: impacto medioambiental de los medicamentos desde el punto de vista de los profesionales de la salud, incluye el análisis de la farmacontaminación durante la primera ola de la pandemia (abril-julio 2020) con el estudio Drugs used during the COVID-19 first wave in Vitoria-Gasteiz (Spain) and their presence in the environment. En concreto, este proyecto, enmarcado dentro de la iniciativa Basque Sustainable Pharmacy, ha medido las concentraciones de algunos fármacos empleados en los pacientes con Covid-19 en la Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) de Crispijana, que recoge, entre otras, las aguas residuales del municipio de Vitoria-Gasteiz (incluyendo las aguas residuales hospitalarias). Se midió por primera vez a nivel mundial el impacto de la hidroxicloroquina en el medio ambiente y, por segunda vez a nivel mundial, el de lopinavir.

Por otro lado, se ha revisado la presencia en el medio ambiente de los fármacos peligrosos en entornos sanitarios (según la lista NIOSH, grupo 1: carcinogénicos) y se ha evaluado su potencial riesgo ecotoxicológico, basándose en los datos disponibles en la literatura. También se ha estudiado el impacto de la farmacontaminación en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

«Para la mayoría de los fármacos más relevantes utilizados en la primera ola pandémica del SARS-CoV-2 en Vitoria-Gasteiz, la información sobre sus posibles efectos nocivos en el medio ambiente es escasa», exceptuando el caso de azitromicina, del que se han registrado 105 estudios. «Teniendo en cuenta las concentraciones ambientales medidas en el estudio, se estimó un riesgo ecotoxicológico moderado para azitromicina y bajo para hidroxicloroquina y lopinavir-ritonavir», confirma Saioa Domingo Echaburu, autora de la tesis.

Su director, el profesor de la UPV Gorka Orive, con quien también ha colaborado Unax Lertxundi (responsable de Farmacia de la Red de Salud Mental de Álava), sostiene que «la información ecotoxicológica disponible sobre cloroquina es limitada, pero cubre la toxicidad aguda en pecesdaphnia magna, algas y bacterias, toxicidad crónica en algas y efectos subletales en peces y mejillones. No hay información experimental para hidroxicloroquina (metabolito), pero las estimaciones QSAR(relación cuantitativa estructura-actividad) predicen que la hidroxicloroquina es ligeramente menos tóxica que la cloroquina para los organismos acuáticos. Los datos de ecotoxicidad de la hidroxicloroquina (realmente extrapolados de lo que se sabe para cloroquina) son datos de toxicidad crónica (NOEC, o No-observed effect concentration). En concreto, impidiendo el crecimiento de ese crustáceo, que es una especie muy utilizada para este tipo de test en el laboratorio».

Al hilo de esto, Orive subraya que «las dianas en las que los fármacos ejercen su efecto están en ocasiones muy conservadas filogenéticamente. Es decir, no son ni mucho menos exclusivas del ser humano. Por lo que los fármacos tienen la capacidad de ejercer efectos farmacológicos en los organismos no diana».

Del 28 de abril al 13 de julio de 2020 se tomaron 16 muestras de afluentes o influents (agua residual que ingresa a una planta de tratamiento de aguas residuales) y efluentes o effluents (flujo de salida del agua residual tratada), que se almacenaron después a temperaturas de -20º en el laboratorio de la UPV hasta su procesamiento.

En los afluentes se detectó presencia especialmente de ritonavir y, en mucha menor medida, de lopinavir. Sin embargo, en los efluentes ya se apreciaron también concentraciones de hidroxicloroquina (sobre todo, entre el 25 de mayo y el 8 de junio) y azitromicina.

Sobre esto, Orive explica: «Hay que tener en cuenta que el afluente y el efluente son dos cuerpos de agua distintos y las concentraciones medidas no tienen por qué estar correlacionadas si no se tiene en cuenta el tiempo que pasa el agua residual en la EDAR (tiempo de retención hidráulica). Por otro lado, el afluente es más complejo y tiene un elevado efecto matriz, y es posible que no se puedan detectar algunos fármacos (hay que tener en cuenta que las concentraciones medidas en el estudio son muy bajas, del orden de ng/L). Es decir, que no se hayan podido medir no significa que no estén presentes».

Durante la primera ola de la pandemia causada por el virus SARS-CoV-2, las unidades de cuidados intensivos de los hospitales de Vitoria-Gasteiz aumentaron su capacidad en un 216%. El consumo hospitalario de fármacos antivirales y con actividad sedoanalgésica se incrementó dramáticamente, destacando el consumo de cisatracurio (se multiplicó por 25) y el de lopinavir-ritonavir (se multiplicó por 20).

De hecho, otra conclusión del estudio es que la azitromicina es especialmente tóxica para las cianobacterias (microcystis aeruginosa). ¿Qué implicación tiene esto? Orive señala que «las cianobacterias suelen ser especialmente sensibles al efecto de los antibióticos. En los estudios de evaluación del riesgo medioambiental (ERA) de los medicamentos exigidos por la Agencia Europea del Medicamento (EMA)se deben incluir datos de toxicidad en metazoos (algas, crustáceos y peces), pero no en procariotas. La versión actualizada del ERA ya corrige este aspecto en el caso de los antibióticos. Hay que tener en cuenta que la azitromicina es un fármaco incluido en la lista de observación (Watch listeuropea, por lo que es un fármaco cuya toxicidad resulta preocupante». Asimismo, la ivermectina muestra una toxicidad moderada para peces y algas y una toxicidad extremadamente alta para invertebrados.

La tesis menciona un estudio sueco que ha visto las implicaciones de lopinavir en la bioacumulación a través de la cadena alimentaria. ¿Cómo puede afectar esto al ser humano? «El riesgo de bioacumulacion viene determinado fundamentalmente por las características fisicoquímicas del fármaco. El lopinavir es lipófilo, por lo que presenta este riesgo teórico. Pero no se conocen datos experimentales que hayan evidenciado acumulación de este antiviral en la biota. Hay que tener en cuenta que cada organismo es un mundo, y que, por ejemplo, el riesgo de acumular una benzodiacepina concreta varía muchísimo entre distintas especies de pez, por ejemplo», explica el profesor de la UPV.

Un aspecto positivo que se desprende de esta investigación vasca es que el potencial de la fauna silvestre para adquirir resistencia a los medicamentos antivirales es bajo. Por tanto, ¿esto se extrapolaría al ser humano en caso de su ingesta? Orive indica que «los pocos datos que hay sugieren que el riesgo es bajo. Pero aún se desconocen muchas cosas de los virus que hay circulando por ahí y, además, en este tipo de modelos no se tiene en cuenta el potencial de bioacumulacion de la sustancia».

Otra importante conclusión es que los picos potencialmente prolongados de concentraciones de fármacos en agua dulce que trae la pandemia no se consideran en las evaluaciones de riesgo ambiental (ERA) presentadas a las autoridades sanitarias como la EMA (2019). ¿No se incorporarán en ERA posteriores? A juicio de Orive, «todo el marco regulatorio está en pleno proceso de cambio y adaptación a los nuevos conocimientos que se van obteniendo. Es posible que en futuras versiones del ERA se tengan en cuenta estos aspectos. También es posible que próximamente se establezca algún límite determinado de algún fármaco concreto en el agua, al pasar a considerarse sustancias prioritarias».

¿MÁS ESTUDIOS PARA OLAS POSTERIORES?

¿Habrá una segunda parte de este estudio, dado que este se realizó en la primera ola? «Actualmente, hidroxicloroquina y lopinavir-ritonavir no están en los protocolos de tratamiento del Covid-19. Tenemos interés en continuar midiendo el efecto ecotoxicológico de los fármacos en nuestro entorno, en Álava. Pero, quizás, ampliando el enfoque a nuevas familias y grupos de medicamentos», matiza Orive.

Eso sí, la investigación de la UPV recalca algunas consideraciones importantes a la hora de interpretar sus resultados: «Lamentablemente, las muestras de afluentes y efluentes no se tomaron en el momento de máximo uso de estos medicamentos. Además, para todos estos fármacos, se debe considerar que a las emisiones ambientales de los usos actuales se debe sumar el uso en pacientes con Covid-19″.

La lista de fármacos peligrosos en entornos sanitarios que publica periódicamente el Instituto Nacional de Seguridad y Salud del Trabajo de EEUU (NIOSH) es de referencia en el ámbito sanitario, y en el grupo 1 se clasifican los fármacos que son cancerígenos. Para la investigación, se revisó la presencia en el medio ambiente de esos fármacos, pero para la mayoría de esos compuestos no se pudo establecer una evaluación del riesgo ecotoxicológico.

El estudio también señala que «el impacto ambiental de los fármacos peligrosos del grupo 1 de la lista NIOSH no está suficientemente estudiado. Por ello, podría considerarse el criterio de fármaco peligroso a la hora de priorizar el estudio del impacto medioambiental (presencia y efectos) de los fármacos», destaca la investigadora Domingo Echaburu.

A su vez, se subraya que la relación de la farmacontaminación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) no ha sido suficientemente trabajada: «La farmacontaminación podría afectar al menos a 12 de los 17 ODS. Por ello, la lucha contra la farmacontaminación podría ser esencial para alcanzar los ODS».

Con información de: elmundo.es